Para pocos es ajena la referencia a Juego de Tronos, aunque sí lo sea su serie derivada, La Casa del Dragón. Para quienes seguimos la serie pero tenemos poco o nulo contacto con la fuente original (los libros), esta producción empezó con un gran hype que fue mermando en la segunda temporada y que en esta cae un poco más. ¿Dónde están las batallas entre dragones? Obviamente la trama conlleva más que eso, pero el ritmo se siente resentido.

Sin duda, el personaje de Rhaenyra ha demostrado su poca capacidad para gobernar. Su intento por quedar bien con todos, escuchar a Daemon y ser tibia en momentos que exigían mano dura la llevaron a ser vista como villana, como oportunista y como pendeja. Para la siguiente temporada es inevitable presenciar su caída. Los bastardos sacaron el cobre y, por ende, veremos cuál será su triste final; no extrañaré a ninguno. Las hijas de Daemon no hicieron nada: a pesar de la queja hacia Rhaenyra por ser una persona que usa a los demás para su propio beneficio (algo intrínseco en cualquier gobernante), en el campo de los hechos su efectividad en el combate, la política y lo social es nula. La muerte de Jace solo demostró que los príncipes son excelentes filósofos y jinetes de dragón en la teoría, pero en la práctica dejan mucho que desear. Ormund fue el gran protagonista de esta entrega, pues mantuvo en jaque a los negros. El resurgimiento de Aegon y Aemond nos brinda la esperanza de una temporada final salvaje, tal como se espera de una verdadera guerra de dragones.

En conclusión, la tercera temporada de La Casa del Dragón resulta tan tibia como la segunda. Tiene conspiración, intriga, sangre y, gracias a Dios, la muerte del que parecía inmortal: Criston Cole. Sin embargo, la narrativa es lenta y propicia que el público pierda la atención rápidamente. La recomiendo si eres fan de Juego de Tronos, te atraen las historias inspiradas en la época medieval y te gustan los dragones; de lo contrario, es un potente somnífero que debes evitar.

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