Como mencioné antes en la reseña de la primera temporada, reitero mi alegría por ver estas adaptaciones a la pantalla chica de obras de la literatura latinoamericana.

La trama, como es de esperarse, continúa la línea narrativa de la entrega anterior y concluye, a mi parecer, de forma acertada: sin exagerar ni recortar nada. La historia de la familia Buendía —claramente una metáfora de Colombia y de toda América Latina— retrata ese ciclo que el narrador define como una condena de cien años de soledad. Resulta evidente que nuestra región lleva mucho más de un siglo bajo esa condena, y seguirá así hasta que decidamos romperla. Tampoco podemos soñar con que alguien ajeno a nuestra realidad venga a librarnos del maleficio; al contrario, bien sabemos cómo los «queridos gringos» y otras potencias se han aprovechado de esta condición para hundirnos todavía más en la soledad y la pobreza.

En conclusión, Cien años de soledad es una obra cumbre cuyas adaptaciones al cine o la televisión podrán gustar a unos o disgustar a otros, pero siempre mantendrán vigente el libro y la contundencia de su mensaje.

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