Las caricaturas de Warner Bros. están por cumplir casi un siglo como referente de la animación; sin embargo, en las últimas décadas no ha surgido una propuesta fresca ni una verdadera modernización de estos personajes. Dado que esta cinta estaba destinada al basurero y terminó rescatándose por la presión del público, hoy goza de una relevancia mayor a la que realmente merece.

Siendo sinceros, las películas que mezclan animación con acción real rara vez convencen. Ya sea porque las actuaciones se notan desencajadas y exageradas, o porque la animación no logra integrarse lo suficiente como para que el espectador se la crea. Lo cierto es que la trama se reduce a un capítulo especial extendido de los Looney Tunes y nada más: el Coyote demanda a Acme porque todo lo que adquiere de la marca sale defectuoso, litigio que saca a la luz cómo la empresa experimentaba en el mundo animado antes de lanzar sus productos al mercado humano. En medio de todo, John Cena interpreta a un abogado corporativo y el resto del elenco humano cumple un rol meramente accesorio: bajo perfil y bajo costo.

La actuación de Cena como representante legal de Acme resulta tan memorable como si hubieran puesto a Batista en su lugar; el resto del reparto simplemente cumple con seguir el tono de la historia sin destacar en lo absoluto.

En cuanto a la técnica, la animación es competente y su integración con los entornos reales funciona bien, aunque a estas alturas es lo mínimo exigible. Habría sumado bastante ver tecnologías contemporáneas entre los artilugios del Coyote, en lugar de recurrir una y otra vez a los típicos yunques y carritos sobre rieles de tren.

En conclusión, Coyote vs. Acme es un producto mediocre que el estudio archivó por no considerarlo un negocio rentable, y cuyo mayor atractivo radica en el morbo generado por la campaña de los fanáticos para forzar su estreno. Ojalá ese mismo entusiasmo sirva para exigir mejores propuestas animadas, y no solo para alimentar la nostalgia de las generaciones del siglo pasado.

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