Esta serie empezó rodeada de mucha polémica. La típica controversia del fandom sobre si el color de cabello de tal personaje no encaja, si el diseño de los edificios no luce idéntico al anime, o si el actor no es tan calvo como lo era Aang, entre otros detalles. Sin embargo, tras ver el producto final, el público deliberó que la adaptación era precisamente eso: una adaptación. Por lo mismo, se dio luz verde a una segunda temporada. Esta entrega se siente corta y, personalmente, recuerdo esta parte de la historia como algo tediosa, ya que se le da mucho peso a la transición de Zuko, de villano a aliado.

El reparto se mantiene y se integra Toph, quien ha sido muy criticada por no parecerse al personaje original. Yo difiero. No buscaron a una modelo, sino a una actriz capaz de transmitir tanto la fragilidad como la arrogancia que posee la pequeña maestra tierra. Ese posible desprecio que alguien podría sentir hacia Iroh —que es poco, en realidad— se desvanece por completo cuando interactúa con los demás habitantes de la Nación de la Tierra. Todos logran lucir sus habilidades y, a la vez, sus carencias. Si acaso, quien sale peor parado es Gordon Cormier, el Avatar Aang, pues sufrió el capricho de la vida: creció. Ahora está un poco más alejado de la imagen que Aang aún debería proyectar en esta etapa. Fuera de estos detalles, la serie fluye armoniosamente.

En conclusión, la segunda temporada de Avatar: La leyenda de Aang es una buena adaptación del Libro 2: Tierra. Como toda obra de este tipo, no es perfecta, pero no defrauda ni a los fans de siempre ni a los nuevos seguidores. Esta entrega termina por consolidar a Netflix como un buen realizador de adaptaciones de anime a live action.

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