Seas un lector habitual o un recién llegado, sabrás que en Entropía Láctea rara vez publicamos reseñas durante la primera semana de estreno. Considero que tanto el público como la obra merecen tiempo para digerir la experiencia, sufrirla y adorarla con cabeza fría antes de emitir un juicio, lejos de los prejuicios colectivos. Sin embargo, esta película simplemente no es acreedora a ese tiempo de gracia.

La trama nos traslada a 1993, en vísperas del segundo torneo organizado por M. Bison —cuya faceta oscila confusamente entre exmilitar, empresario o capo de la mafia—. Bajo su mando operan Balrog, Vega y Cammy, junto a un ejército de clones cuyo rol jerárquico la cinta jamás se molesta en definir. Tras los eventos del primer torneo, donde Ryu derrotó a Sagat, Bison busca atraer nuevamente al guerrero japonés. Sin embargo, Ryu se ha autoexiliado, incapaz de controlar el Dark Hado o de proteger a su maestro del temible Akuma. El clímax nos entrega un enfrentamiento donde Ryu, impulsado por sus aliados, derrota a Akuma, solo para que este último sea capturado por Bison. ¿El resultado? La inminente premisa de una secuela donde Ryu y Ken deberán evitar que el villano se haga con ese poder absoluto.

En términos de tono, estamos ante una comedia impulsada por la nostalgia y disfrazada de fan service. En ningún momento pretende tomarse en serio como cinta de acción: las esporádicas secuencias de combate son irrelevantes para la trama, sumamente breves y evidencian la preocupante ausencia de un coreógrafo marcial profesional. Es claro que el director priorizó la estética visual, buscando encuadres estilizados —muy de póster publicitario— que calcan expresiones o posturas del material original. Visualmente cumple, pero en movimiento, la carencia de fluidez y de secuencias físicas elaboradas es innegable. Decisiones como exagerar los movimientos de Zangief para acentuar la irrealidad caricaturesca terminan por definir el estilo de la obra. Mientras que la adaptación de los noventa pecó de intentar ser un thriller de acción realista, esta nueva versión peca de irse al extremo opuesto.

Las interpretaciones más rescatables recaen en Dhalsim y Zangief. Aunque Dhalsim no ejecuta su icónico fuego, el actor Vidyut Jammwal logra plasmar con gran fisicalidad su clásico cabezazo en espiral, las barridas y las llaves. Por su parte, Oliver Richters como Zangief resulta sumamente imponente y creíble al ejecutar maniobras aéreas con Ken o sujetar a múltiples oponentes; es una lástima que su tiempo en pantalla sea tan reducido.

El contraste dramático llega con el antagonista. Desde los avances era evidente que David Dastmalchian estaba muy lejos del perfil de Bison; es un actor con un talento histriónico innegable, pero aquí simplemente no logra convencer. El resto del elenco sufre por su nula formación en artes marciales. Callina Liang, pese a todo su esfuerzo físico en el rodaje, jamás logra proyectar la contundencia necesaria para hacernos creer que es una de las peleadoras más letales del mundo; sus golpes carecen de impacto visual. Jason Momoa en el papel de Blanka resulta anecdótico y sus líneas bien podrían haber sido recitadas por cualquier otro extra. En cuanto a Cammy, su actitud arrogante e inestable ha sido criticada, pero argumentalmente está justificada: recordemos que en esta etapa sigue bajo el control mental de Bison y es hasta eventos posteriores que recupera su voluntad. Es un detalle narrativo acertado (sumado a la gran fidelidad de su clásico leotardo), aunque tristemente tampoco pudimos disfrutar de sus habilidades marciales. El resto de las apariciones no son más que relleno.

El diseño de vestuario acierta al abrazar la teatralidad. Al tratarse de una película que emula una estética muy particular, era indispensable que los personajes portaran sus atuendos de siempre, y esto encaja perfectamente con el tono ligero. La banda sonora también es un triunfo nostálgico, plagada de temas noventeros que anclarán emocionalmente a quienes crecieron en esa década, otorgando coherencia al marco histórico de la película.

En conclusión, Street Fighter es una cinta entretenida únicamente si la miramos bajo la lupa de la nostalgia para «niños que ya no son tan niños». Como película de acción y artes marciales, es deficiente. Los enfrentamientos están truncados y la falta de peleas estelares para personajes como Vega o Guile —por no mencionar la omisión total de figuras como Dee Jay, T. Hawk o Fei Long— es decepcionante. El reparto se percibe más como una decisión de bajo presupuesto que de un perfilamiento adecuado, aunque el uso de secuencias de animación para contextualizar las motivaciones de los protagonistas es un gran detalle de producción.

Esperemos que la inevitable segunda parte invierta más en guion y coreografía. Solo la recomiendo en cines si ya agotaste la cartelera, si eres un fanático incondicional de la franquicia, o si te entusiasma ver a luchadores de la WWE en la pantalla grande; de lo contrario, esperar a que llegue al streaming será tu mejor movimiento.

Póster de la película 'Street Fighter' con personajes icónicos en una variedad de poses de combate, fondo colorido con explosiones y texto promocional.

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