Durante las últimas dos décadas, la pantalla ha sufrido una auténtica epidemia de producciones centradas en asesinos seriales. Este fenómeno se alimenta de dos vertientes: por un lado, el innegable morbo del espectador por conocer los detalles más escabrosos de crímenes reales; por el otro, un intento casi sociológico de deconstruir a estos individuos para mostrarlos no como monstruos unidimensionales o simples aberraciones divinas, sino como seres humanos trágicamente descompuestos.

La narrativa de la cinta juega hábilmente con dos líneas temporales. A la par que seguimos los tensos momentos previos a la captura de este icónico criminal, la historia utiliza constantes flashbacks para escarbar en la psique de Theodore. Es aquí donde descubrimos a un niño profundamente solitario, dueño de un intelecto superior al de sus pares, lo que lo catapultó a la vida universitaria a una edad en la que apenas debería estar lidiando con la pubertad.

Este drástico desfase de madurez, sumado a su peculiar comportamiento, nos deja leer entre líneas que Ted probablemente se encontraba dentro del espectro autista. Aunque la película nunca lo diagnostica abiertamente —pues su objetivo no es ponerle una etiqueta médica, sino encontrar el detonante de su locura—, el retrato es evidente. Ya en los pasillos universitarios, el joven es reclutado por un grupo de investigación donde, básicamente, funge como conejillo de indias. El perturbador experimento consiste en someterlo a debates y discursos de oratoria sumamente agresivos para medir sus reacciones cerebrales.

Tras cada derrota dialéctica, Theodore colapsa en severos cuadros de angustia. Sin embargo, el jefe de la investigación oculta sus verdaderas intenciones: quebrar la mente de sus sujetos para comprobar una tesis sobre por qué las personas regresan de eventos traumáticos, como la guerra, con la identidad totalmente fracturada. Cuando Theodore descubre que la institución siempre buscó destruirlo psicológicamente, algo se rompe dentro de él. Lleno de ira, abandona el programa. Esta traición siembra las bases de su radical pensamiento anticapitalista y anti-tecnológico, llevándolo a recluirse en una rústica cabaña en medio del bosque, aislado de la civilización; el mismo escenario que servirá como telón de fondo para su inminente captura.

En el apartado actoral, el elenco cumple con creces. Jacob Tremblay, en la piel del joven Ted, entrega una actuación matizada: es totalmente convincente, logrando desbordarse emocionalmente o contenerse con una precisión clínica según lo exija la escena. Por su parte, Russell Crowe encarna al Dr. Henry con un aura tan afable y confiable que vuelve su crueldad científica aún más escalofriante. Shailene Woodley, como la oficial Joanne —el sabueso encargado de hilar las pistas hasta la verdadera identidad del Unabomber—, se mantiene sólida y coherente, sirviendo de ancla moral en medio de tanto caos mental.

En cuanto a los aspectos técnicos, la banda sonora peca de genérica; cumple, pero no logra convertirse en un personaje más de la historia. Afortunadamente, el diseño de producción y el vestuario equilibran la balanza, logrando una inmersión visual impecable y respetuosa con la época en la que se desarrollan los eventos.

En conclusión, estamos ante la radiografía de un asesino en la que paradójicamente la violencia explícita brilla por su ausencia. La cinta prefiere sacrificar la acción para enfocarse de lleno en diseccionar los traumas sociales y psicológicos que engendraron al criminal. Por lo tanto, el ritmo resultará letárgico para quienes busquen cacerías trepidantes, muertes o el típico thriller policíaco de pesquisas. Es un drama denso de cocción lenta. La recomiendo ampliamente para los lectores de Entropía Láctea, siempre y cuando no busquen un subidón de adrenalina y mantengan sus expectativas alineadas con lo que realmente es: un viaje psicológico al origen de la locura.

Póster de la serie 'Unabomber', con un joven sentado en una silla frente a una mesa con micrófonos, mientras un hombre mayor de pie lo observa. Ambientación oscura y frases sobre la locura y la brillantez.

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