Hugh Jackman se ha ganado a pulso su estatus de superestrella y showman. Lo mismo te entrega un papel que exige técnica y vísceras, que se presenta en un late night show y lo levanta con puro carisma. Pues bien, en esta ocasión, este señorón encarna nada menos que al mismísimo Robin Hood.
La trama nos arroja a los últimos meses de vida del forajido de Sherwood. Encontramos a un Robin ya viejo, acorralado por sus demonios internos y cazado por aquellos que aún sufren las secuelas de sus actos pasados. Apenas mantiene contacto con Pequeño Juan (Edward), su antiguo pupilo, a quien prácticamente ve como a un hijo. Justo cuando parece que ambos disfrutan de un efímero momento de paz —la clásica calma antes de la tormenta—, se desata el caos. Una horda que busca saldar cuentas asalta la casa de Edward, masacrándolo a él y a su esposa. Malherido, Robin logra escapar y se refugia en una casona, donde recibe atención médica de una joven que, irónicamente, perdió a su amado por culpa de la antigua cruzada del arquero.
Poco después aparece en escena la hija huérfana de Edward; al reconocerla, Robin decide adoptarla como su protegida y la entrena en el arte de la cacería (con una graduación que consiste, ni más ni menos, en tensar la cuerda de su mítico arco). Al final, tras aquietar su mente y abandonar la absurda espera de una «muerte gloriosa» en batalla, le pide a su cuidadora que lo asista para morir dignamente a través de la eutanasia. Así, el viejo zorro de los bosques consigue, por fin, hacer las paces consigo mismo.
El elefante en la habitación y el flanco más criticado de esta cinta es, sin duda, su descarada similitud con Logan. Tenemos exactamente la misma premisa: el héroe crepuscular que forja un lazo paternal con una niña y la entrena para heredar su lucha. Incluso en su desenlace, tanto Logan como Robin exhalan su último aliento aceptando sus pecados y sus virtudes, como si la consecuencia de uno fuera el origen del otro. Las actuaciones, eso sí, son muy sólidas. Sin embargo, cuando Jackman gesticula y le da vida a este viejo guerrero, resulta casi imposible quitarse de la cabeza a Wolverine. Por su parte, Bill Skarsgård entrega un trabajo notable como Pequeño Juan; no solo impone desde lo físico, sino que, al proyectar una psique tan fracturada, te sumerge de lleno en la verdadera tesis de la película. Aquí no estamos ante el héroe romántico que robaba a los ricos para dar a los pobres, sino ante un hombre despiadado en el campo de batalla, que se inventaba cuentos de hadas para olvidar sus masacres y ahuyentar la culpa.
En el apartado técnico, la banda sonora cumple con ambientar la pesadumbre de la historia, aunque carece de un tema que resulte memorable. Los efectos visuales están a la altura, alejando a la cinta de cualquier sensación de película de serie B, y el vestuario brilla por su diseño crudo, alineado perfectamente con el enfoque realista y de época que exige la trama.
En conclusión, La muerte de Robin Hood es un drama de acción que resultará predecible —y hasta tedioso— para quienes vengan con Logan fresca en la memoria, dada la copia estructural. Incluso si ignoramos ese nada sutil detalle, la cinta peca de un ritmo algo lento, contrastado con escenas de acción y gore un tanto pasadas de violencia. A pesar de estos baches, la recomiendo. A diferencia de las últimas iteraciones descafeinadas que se han hecho del forajido de Sherwood, esta cinta consigue entregarnos una apreciación del personaje mucho más cruda, desmitificada y verídica.






Deja un comentario